Un viaje a Rusia. Día segundo

noviembre 12, 2008

1/11/08

Sanpetesburgo nos abriga. Sí, nos abriga porque resulta que tanto bártulo para el frío y no es para tanto. Al menos por ahora. Puede que sea el agobio que aún arrastramos de quince horas de tren. La estación ya nos da una primera impresión de lo que nos encontraremos en la ciudad; todo con cierto aire imperial, todo gigantesco. Como las escaleras del metro, infinitas, desde el principio del túnel no se puede ver el final, donde hay una cabina con una señora dentro que se encarga de pulsar un botón para que siempre se mantengan en funcionamiento. Suponemos.

Al salir del metro nos encontramos con una ciudad concurrida y gris. Y un poco más fría que antes. La llegada al hostal nos da justo para dejar los macutos, higienizarnos como podemos y volver a la calle. La primera impresión es la de una ciudad con dos partes viejas: una, la más visible muy cuidada y con increíble atractivo turístico y otra legado de los bolcheviques. Industrias por todas partes a un lado del río, algunas aún en funcionamiento y otras mantenidas como una especie de reliquia. Al otro lado enormes edificios revestidos de elegancia por doquier. Una enorme masa de cemento coronada por la hoz y el martillo hace de frontera entre esa parte más soviética y la parte más reconstruida. Nos adentramos en unos enormes jardines custodiados por los bustos de Marx y Engels que se miran de frente, y situados, paradójicamente en frente de una especie de iglesia-museo terminada en ortodoxas cúpulas doradas y con las paredes pintadas de blanco nuclear y azul fosforito. En el camino al restaurante más caro de la ciudad donde nos llevan las mentoras veremos que eso del fosforito y los tonos pastel se estila mucho en todos los edificios.

Recuperamos energía y aligeramos de rublos los bolsillos y reemprendemos la marcha. Ahora sí hace frío de verdad. Cruzamos un pequeño y simple puente de piedra sobre uno de los canales y nos damos de bruces con un jardín interminable una vez más. Esta vez en el centro el fuego eterno, dispuesto allí más bien para calentar las manos y pies de los transeuntes más que para alumbrar la noche ya casi cerrada a las cinco de la tarde.

Desde allí, se puede ver un atisbo, un aperitivo de lo que es lo más bonito que había tenído delante hasta entonces. A medida que nos acercamos, más imponente se presenta la iglesia de San Salvador de la sangre derramada, construida en honor a alguien que mataron en el mismo sitio en el que ella se aposenta ahora y utilizada como almacén durante los tiempos de la guerra y el comunismo. Un tamaño inabarcable, haciendo a todo el que pasa a su vera mirar muy alto. Varias cúpulas a distinta altura, ninguna de ellas tiene nada que ver con las demás, sólo por la forma, y en ellas confluyen dorados, retorcidas espirales y algún que otro damado con colores chillones. Por algo decidimos bautizarla la “colourful church”.

Los famosos canales nos presentan el frío de verdad y perdemos al resto del grupo. Llamadas, mensajes y no ha respuesta. Es el vaticinio de lo que ocurrirá en los próximos dos días. Los pies se nos agarrotan y se hacen más pesados. Volvemos al hostal y se acabó Sanpetesburgo por hoy. Cena relámpago y juegos de beber dan como resultado una extraña borrachera derivada del cansancio y el destemple del cuerpo por el constante contraste frío-calor-frío; además también algo de rabia contra “la mentora”, que sin previo aviso, y sin ofrecer derecho a plebiscito, se ha convertido en cabecilla de grupo. Mañana llega la revolución.

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El metro, infinito

n755996459_946839_8592La plaza del obelisco coronado por una estrella

n1494426940_89872_6347Hoz y martillo

n1486656668_30085045_7404Marx nos vigila

n755996459_946796_8736n708132438_918544_7547Frío

n755996459_946882_5436Junto al fuego eterno

n755996459_946920_8529Ella

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Un viaje a Rusia. Día primero

noviembre 10, 2008

31/10/08

Hacinados en la línea tres de trolebuses de Kaunas, cargando tres o cuatro kilos por persona entre ropa de abrigo y equipaje, a las tres de la tarde nos dirigimos a la estación de trenes de Kaunas. Es el comienzo de un viaje de más de quince horas que nos llevará hasta la fría – por el tiempo y como comprobaremos durante la semana, por la gente- madre Rusia.

Como si nada, llegamos a Vilnius y tras apurar la parte de las provisiones, entramos en el tren, una enorme y larguísima mole de hierro soviética, con las ventanas justas y apenas sin ventilación. En realidad se agradece el calor que hace dentro; un aire respirado por lituanos con los que tendremos que compartir la primera parte del viaje. Sólo la primera, porque se bajarán justo antes de llegar a la frontera rusa y cuando el tren sea asediado por los soldados armados.

Tensión. Las mentoras nos advierten de que mantengamos silencio mientras piden nuestros pasaportes. Nos habían dicho que llegarían armados hasta los dientes, con metralletas, que ni se nos ocurriera sonreir, y mucho menos sacar fotos. Nada es como lo pintan. Tres mujeres soldado; gorro de pelo con la estrella, la hoz y el martillo incrustados y uniforme verde camuflaje. Llevan unas cajas con distintos compartimentos numerados en los que almacenan nuestros pasaportes y visados. Acto seguido, dos señoronas bien fornidas hacen acto de presencia en el tren. No sé por qué imponen más, si por su tamaño o por su semblante. Llevan enormes y sobrias gabardinas caqui hasta los pies, simplemente miran y se van. Minutos después, vuelven a entregarnos los pasaportes, en unos segundos cruzaremos la frontera rusa y nos olvidaremos del ajetreo de los visados hasta dentro de una semana. O puede que no. De entre las dos soldados, la que parecía menos simpática  comienza a gritar. Pronuncia algo que suena a la palabra lituana “ispaniskai”, es decir, español. Nervios. El pasaporte de Laura estaba roto, lo rompieron en la embajada, y como salida de sus casillas, la soldado comienza a soltar una retahila incomprensible y malsonante en ruso. Una de las mentoras traduce. En efecto, habla del pasaporte de Laura, dicen que esta vez harán la vista gorda pero que la próxima vez no la dejarán entrar en el país. Todo en un absurdo tono amenazante.

Pasado el “peligro” comienzan los juegos de viajes. “The killers”, durante la estancia en Sanpetesburgo nos tendremos que matar unos a otros con besos en las mejillas, y en el tren caen las primeras víctimas, por eso de que es noche de Halloween. Hacemos un intento de jugar a algo que parece el de las películas, pero en seguida caemos rendidos, y tras unas cuantas incursiones a la insportable sala de fumadores de apenas dos metros cuadrados en la que se fuma más por la nariz que por la boca, se apagan las luces y todo el mundo “duerme”. Nadie sabe qué hacer con las piernas, e incluso Sara y Estela deciden que es mucho más cómodo dormir en el suelo. Seis horas soporizados pero apenas sin dormir. Se encienden las luces. Ya es de día en Rusia en en apenas una hora llegaremos a Sanpetesburgo. El ambiente está muy viciado, ya casi no se puede ni respirar.

n755996459_946824_3123Esperando al tren que nos llevará a Vilnius, en la estación de Kaunas

n755996459_946830_5296Estación de Vilnius

n1149202460_30190799_8907En primer plano Nahuel, y al fondo sus adoradas mentoras

n755996459_946835_7119Jure, Laura, Estela y Sara riendo antes de la llegada de los rusos al tren



Kaunas profunda

octubre 24, 2008

Esta señora siempre se deja ver en la plaza de la iglesia, pero no le gusta que la fotografíen

La señora más adorable de toda la Laisves Aleja. Sus libros aún huelen a soviético

Esto me huele a reencuentro

A esto le llamo yo fotografiar el instinto maternal

A este señor tampoco le gustaba que le sacaran fotos

Más señoras adorables

Así llegamos hasta el punto más alto de Kaunas


De cumpleaños en los sesenta y otoños rojos

octubre 6, 2008

Durante la noche del tres de octubre, la residencia dejó de ser la torre de Babel para convertirse en una especia de comuna hippie donde todos hablaban el idioma de los sesenta. Un recorrido por las calles de Londres, una cocina convertida en Abbey Road llena de frases sesenteras, algún mural psicodélico, guitarras, gafas de sol y pañuelos en la cabeza, Beatles y rockabilly en homenaje a la cumpleañera, que a punto estuvo de descubrir el pastel. En varias ocasiones.

Laura, la cumpleañera, acompañada de su mentora durante la ginkana descubriendo el pastel definitivo

Vincent Lennon y su guitarra Gloria con su flor Alus

La polaca compañera de Sara, el descubrimiento de la noche

La psicodelia, al fondo

La comuna

La más adorable de las recepcionistas, harta de tanta paz y tanto amor, volvió a soltarnos una retahila en lituano de la cual entendimos que teníamos que volar de ahí. Por lo que fuimos al bar de los modernos de Kaunas a dejarnos ver con semejantes pintas.

Margherita y Javi, que después de llegar del bar de los modernos durmieron en las escaleras con François, cinco minutos antes de partir hacia Trakai

Y si hace unas semanas dije que ya era invierno en la URSS, ahora resulta que es otoño, que como no podía ser de otra manera aquí, es rojo. Los árboles no tardaron más que una noche en quitarse el verde de las copas y vestirse de otoño y nosotros pudimos comprobar – aún aturdidos por el espíritu cumpleañero-sesentero de la noche anterior- su auge en un bosque-museo cerca de Trakai, la capital histórica, otro pueblo a las orillas de un lago con casas al estilo nórdico y un intento de castillo del siglo XVI construido como mucho hace cien años.


Riga

septiembre 30, 2008

Mi libreta tuvo que soportar los siguiente comentarios abusurdos minuto a minuto durante el viaje a Riga

9.00 Están poniendo bamboleo y el aserejé en el autobús con destino Riga. La niebla empaña y engulle la carretara y los conductores lituanos se vuelven locos. Miro a la derecha: mi compañera de asiento, aún no he decidido si letonona o lituanona, lleva un perrete en el regazo.

10.38. El gremio autobusero está muy arraigado en Lituania. El perrete duerme.

11.18. Control policial. Estamos en Letonia y un señor vestido de imponente militar entra en el autobús a la voz de “pasports!”. El perrete sigue durmiendo aunque levanta la cabeza de vez en cuando y abre mucho los ojos.

11.24. La carretera está rodeada de bosque como en medio de la nada. En la cuneta derecha veo -fugazmente, el tiempo que tarda el autobús en dejarla atrás- a una mujer que mira fijamente a no se sabe donde. Lleva un pañuelo rojo en la cabeza, seguramente con algunos motivos florales verdes. Lleva un abrigo gris verdoso hasta las rodillas, uno de estos cuyo acolchado tiene forma de rombos, y deja vislumbrar un trozo de la falda azul tablada. Delante de ella, unos árboles de corteza blanca e interminable tronco, donde las hojas nacen allí donde sólo alcanza la vista de los lituanones, aunque la de la mujer seguro que no. Sin embargo, ella sigue allí imperturbable. El perrete está muy azorado y se sacude. Me acabo de acordar de que tengo alergia a los perros. Las orejas, puntiagudas, le caen hacia atrás, sobre la espalda, pero cuando estira mucho el cuello apuntan hacia el norte.

11.39. Rectifico; el gremio autobusero está muy arraigado en los países bálticos en general.

12. 14. Los conductores están locos también en Letonia. Por ahora, es de un verde diferente al de Lituania y algo más soleada. Las carreteras secundarias de este país, y en consecuencia, los botes que da este autobús soviético, no me van a dejar leer lo que escribo. El perrete es bastante feo, sigue durmiendo.

12.19. Sobrepasamos la frontera de Riga. Lo anuncian como Hollywood.

12.27. Vemos las orillas de la ciudad. Un enorme rótulo de Phillips nos da la bienvenida, pero en seguida nos sumergimos en otro barrio gris. En el horizonte miles de cúpulas de colores. ¡Hay tranvía!

16.04. Primera parada para comer, tras ciertas disputas hispano-germano-francesas. La ciudad de la luz nos recoge entre sus anchas avenidas llenas de iglesias recubiertas de arte a cada diez pasos. Una parte vieja semidesierta y laberíntica con algún que otro atractivo turístico, para desdicha del alemán, y una calle central, sede del consumismo y del turisteo. Riga suena a la melancolía rasposa del saxofón y a la nostálgica cadencia del acordeón. En el obelísco en una de las calles principales dos guardias se mantienen inmóviles, con sendas armas en las manos. Cargadas, “por si a algún iluminao anarquista se le cruzan los cables” (Sara dixit).

20.40. Parón para cenar después de dos mil y una vueltas por la ciudad, perdernos buscando el barrio Art Nouveau y encontrar uno con encanto soviético, encontrar el barrio en cuestión y “knock on heavens door”. Cada edificio tiene algo que contar, pasear por Riga contemplando sus edificios es como pasarse horas y horas buscando la ranita sobre la calavera de la universidad de Salamanca. Nos aprovisionamos de cerveza barata (Riga es bastante más caro que Kaunas) y vamos al parque a beber. Es ilegal, pero el alemán propone meter las cervezas en las bolsas. No se da cuenta de que cuando las escondes es aún más evidente que estás bebiendo alcohol. Volvemos al hostal y conocemos a un australiano que se ha tomado un año para salir de su isla y conocer el resto del mundo. Tiene el mismo acento que Claire la de Lost y cogió el vuelo Oceanic 815 para ir a nosédónde, como los de Lost. Abro una Carlsberg, veámos cómo se torna la noche.

13.23. Tren a Slokas, dirección al mar. Me temo que volveremos a vérnoslas con el báltico, que no es un mar de verdad. Anoche nos echaron del pub irlandés, donde Nahuel se dormía, estuvimos vislumbrando la fauna letona y por un momento volvimos a estar en pleno Sol en Madrid, obras incluidas. Bailes letones y mercadillos con productos típicos en la plaza principal. Hacinamiento en el tren y el ambiente viciado a algo que huele a pesadumbre y cansancio también. El tren fue seguramente construido a mitad de los setenta, principios de los ochenta como mucho. Preguntamos y nadie quiere decirnos si nos hemos pasado o no nuestra parada, Majori, pero unos minutos más tarde un alto edificio de tejados azules (verdes) nos da la bienvenida a otro atractivo turístico más, parecido a Nida, con sus casas con jardín, y sus habitantes de pega, que no son habitantes de verdad porque seguramente utilizan el pueblo nada más que como retiro de domingo. Reencuentro con el mar y abrazamos la pereza en la arena, nos quedamos dormidos. El tren de vuelta parece ir más rápido, hacemos una fugaz visita por lo que “nos falta ver” en la ciudad y volvemos al hostal. Llevamos sin saber nada del segundo alemán en todo el día, aparece cincuenta minutos antes de la partida de nuestro autobús. Los germanos se quedan.

22.37. Llevamos media hora en un autobús rodeados de polacos. Un tufillo a tabaco llega hasta la nariz del conductor, de repente, para el autobús en medio de la niebla de las carreteras letonas. Abre la puerta del cuarto de baño, y parece que saca al fumador en cuestión como el maestro que se lleva a un chiquillo de la oreja. Después de una imponente retahila en letón o polaco o lituano el chaval suelta cincuenta euros, el conductor vuelve a su asiento farfullando algo y alguien nos hace de traductor. Dice que si pilla a alguien más fumando lo saca del autobús. Nos imaginamos la situación: solos a las once de la noche en plena tundra letona. El autobusero mete los cincuenta euros en una caja, pero saca veinticinco y se los devuelve al chaval. Vuelve a su asiento, volvemos a volver a Kaunas. El francés se puso a ver Little Miss Sunshine en inglés con subtítulos en francés. Yo me dispongo a matar esta verborrea mental del viaje relámpago a Riga. Mundo ha estado a punto de perder la vida varias veces. Aún sin poder respirar su sal, el Báltico nos ha envuelto en una ciudad simple e imponente a su vez. Con una belleza fácil de encontrar, pero difícil de deshacerse de ella. Una ciudad en la que ir con la cabeza bien alta y la mirada siempre apuntando al norte para no perderse detalle de todo lo que esconden las fachadas de los edificios y el otoño amarillento, pero alternando con la cabeza gacha, para no descuidar el constante empedrado rojo y gris.


Laaaaaabas

septiembre 24, 2008

“Hola” en todas sus variantes idiomáticas quizás sea la palabra más dicha en todo el mundo. No me baso en ningún estudio científico para hacer esta afirmación, pero para constatar que los lituanos lo dicen con más énfasis que en el resto del mundo me han bastado sólo un par de semanas. Puede que sean secos y algo rancios, incluso maleducados a veces, pero no hay duda de que se convierten en las personas más felices al saludar. Laaaaaabas, dicen, poniéndo especial énfasis en las aes.

Con ese entusiasmo fue, pues, cómo di yo la bienvenida a mi erasmus el día 16 a las 12.30 de la mañana, tras salir del fatídico examen de economía, que por cierto, aprobé con un mísero cinco. Pero aprobé. Tras eso, una kitchen party con kalimotxo y juegos de beber de por medio, y un fin de semana cerca del báltico, que no es un mar de verdad, porque no huele a sal.

El autobús nos esperaba a las diez, ni un minuto más, ni un minuto menos, delante de la residencia, para llevarnos en un viaje de cuatro horas -amenizado con clases de turco avanzado en modo canción del verano- al enclave lituano junto al mar, Klaipeda. No mucho más bonita que Kaunas, con sus edificios soviéticos y algún que otro guiños a occidente, aunque también pasado por el colador soviético, dando como resultado infinitas moles de hierro y cemento con cierto aire moderno. Sus pequeñas casitas a los dos lados de la carretera, como siempre de colorines, y con la ropa tendida en el exterior. Una parte vieja con sus calles más amplias, y sus plazas llenas de mercadillos de ambar, aunque no se sabe si milenario. Tras la visita relámpago a la ciudad, vuelta al autobús, topándonos por el camino con la universidad, distinto a todo lo que habíamos visto en lituania, y con pretensiones victorianas.

Marchamos de Klaipeda en ferri para llegar a la isla donde dormiríamos, el destino turístico de lituania, por sus minúsculos pueblos cuadriculados llenos de casas para cuya construcción, los lituanos se dedicaron a imitar a sus vecinos nórdicos. Pueblos tan ordenados y tan pulcros, que resultaban tétricos, como el pueblo de Eduardo manos tijeras, que, lleno de casitas color pastel ordenadas en largas filas inspiraba terror más que tranquilidad.

Y para terror el que pasamos atravesando el bosque a tientas, a oscuras, sin más pistas que alguna débil luz de algún móvil y las voces de nuestros amigos erasmus emocionadas por llegar de una vez al mar. Una vez allí, más de lo mismo, oscuridad y el ruido de las olas a como único indicador de que habíamos llegado a la playa, porque como ya dije, el báltico que no es un mar de verdad, no huele a sal. Aunque sí un poco a melancolía.

Tras los delirios etílicos, la mañana siguiente nos esperaba rumbo a la frontera con Rusia, al norte pegada del mar, justo después de peregrinar por enormes dunas de arena inimaginables para nosotros en Lituania hasta ese momento. Las mismas dunas que nos incitaron por un momento a simular la carrera del queso que se juega en Inglaterra, aunque rebozándonos en arena y no en hierba, y además sin queso.

Las dunas

La llegada a la cima

La carrera de los quesos, véase mi pose de velocidad en la parte inferior izquierda de la foto

La última parada fue en Nida, escondido detrás de un bosque, lleno de espigones y pequeñas barquitas atracadas en los puertos, veletas, viento y una vez más casitas con anchísimos y larguísimos tejados. Otro atractivo turístico, aunque con increiblemente encantador.

El bosque antes de Nida

La soporífera a Kaunas, con episodios sonánbulos, nos dejó rendidos y atrincherados en el pasillo, con un pie en la cama, y otro tirándo de nosotros para montar otra kitchen party. Al final ganó la cama. Y así hasta hoy, con alguna que otra room party, un cumpleaños de un francés bretón con su correspondiente sorpresa y fiesta internacional, y un examen de lituano, en el cual, ante la duda y el cansancio, lo único que acertamos a decir más o menos bien fue un efusivo “laaaaaaabas”.


Ya es invierno en la URSS

septiembre 13, 2008

A la mayor ola de calor registrada en el báltico en los últimos tiempos, prosiguió el gran diluvio universal y alrededor de 6 grados (sobre cero, al menos). Tras cumplir aquí nuestra segunda semana, podemos estar contentos de que nuestro plan de convalidaciones ya esté en España y sobre todo en (maldita) la ORI y nuestra conclusión es que si hablas lituano a los lituanos son majos, si hablas inglés no. El martes, a eso de las 12 o las 13 comienza mi erasmus de verdad. Aviso, necesito una kitchen party.