La paranoia es ley en Myanmar

mayo 23, 2008

Como cuando en Macondo comenzó la insaciable lluvia y no cesó en cuatro años, el aguacero cayó con la misma intensidad pero en apenas pocos días, esta vez sin mariposas amarillas ni gitanos redentores.
Antes de ver los cimientos de la casa ahogados en el lodo, antes incluso de ver a los niños acarrear enormes cubos de agua turbia, con los pies de plomo en el barrizal, alguien arrancó la puerta de las visagras, invadiéndome y alentando aún más mi confusión. Llevaba traje, lo recuerdo bien, no llevaba armas y hacía alarde de una severidad casi militar. Maniatado y amordazado, me relegó al último rincón del sótano, justo después de arrancarme los ojos para que a partir de entonces no pudiera ver lo que realmente sucedería, y para que cuando me viesen no supieran a donde mirar.
Mudo y ciego, quedé condenado al tormento de escuchar el llanto de mi pueblo despojado del último resquicio de vida. ¿Acaso nadie iba a acudir en su ayuda? Al otro lado de la puerta mi verdugo lidiaba su lucha consigo mismo, sin dejar de hablar de un tal Nargis e incluyendo rotundas negativas tras el nombre, lo que me dejaba vislumbrar que jamás me liberaría de mi soga bien tensa al rededor del cuello. Cuando el señor trajeado se rindió llegaron por fin ellos. Ya no había nada más que salvar a parte del horror de la tragedia.

La Croaca, martes 22 de mayo de 2008
taosalamandra

(copio y pego de anfibioticos y mato dos pájaros de un tiro: hago publicidad y actualizo)

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Hermeticidad

marzo 21, 2008

Sufría el síndrome de diógenes desde los cuatro años, aunque realmente no lo supo hasta que una noche el suelo bajo su cama, convertido en el vertedero de sus vivencias, explotó. O más bien, hasta que un día leyó el nombre de la enfermedad en un periódico. “Diógenes”. Desde la prmera vez que puso sus pies firmes sobre el suelo, habituaba a andar con la cabeza gacha y la mirada fija en las baldosas, husmeando, como si su único propósito fuera encontrar algo que después, casi involuntariamente, se convertiría en reliquia. Sus bolsillos sufrían las consecuencias o en su defecto, sus oídos cuando su madre entaba en su habitación dispuesta a poner orden y se encontraba con cualquiero otro trasto vacío de significado para ella, pero con un nombre o un recuerdo grabado en él a los ojos de la niña. Su afición se convertiría enfermiza, le solían decir.

Su manía iba más allá del mero coleccionismo obsesivo. Aprendió a olvidarse del tortuoso secundero y adquirió la capacidad de mantener durante horas sus pensamientos inmiscuídos en aquel amasijo de pepelujos revueltos con la tinta a punto de apagarse. Borró el presente de su calendario y la historia de los libros; su historia estaba incrita en aquel montón de lo que otros habrían llamado basura.

Médicos y especialistas se acercaron a su habitación a estudiar su caso, el de la niña que comía de los restos de su infancia y dormía plácidamente acurrucada en las montañas de viejos cacharros.

– Prendamos fuego a la habitación – dijeron – será la única solución

A sus treinta años vio cómo sus vivencias se transformaban en llamas azuladas y cenizas. Guardó el humo en una botella de cristal y se mudó. Tras veintiséis años preguntándose cómo poner orden a su pequeño pero entrañable caos, consiguió encerrar toda su existencia en aquella jaula de vidrio.


Dulces sueños

enero 3, 2008

El viento no amainaba y no paraba de hacer golpear las persianas, que chirriaban contra el cristal. Los ruidos -golpes secos- que provenían del piso de arriba tampoco querían que durmieses, y preferías pensar que los provocaba alguna puerta mal cerrada, y no lo que realmente te parecía; el vecino de arriba -sí, el cocinero- arremetiendo con sus cuchillos contra la familia, con tal destreza que ni siquiera hacía falta despertarlos de su apacible sueño. Tú sin embargo estabas realmente atemorizado por el intrigante e implacable tic-tac, que aún por la mañana continuaría atormentándote, invadiendo tu calma y destrozándola durante el resto de horas que te quedan.

*esto es lo que pasa cuando te despiertas a las tres de la mañana y el viento silba en la calle.


agosto 1, 2007

Como ya había intuido el sábado de madrugada, la mañana del domingo amaneció radiante. El egoísta del sol no quiso compartir el cielo con las nubes. La temperatura era ideal, y además corría una liegra brisa en forma de anuncio, para atraer la muchedumbre a la playa siguendo el rastro de su aroma a sal. Y yo me morí. Minutos antes, estaba pensando en lo acertado de mi pronóstico, porque sentía cómo los rayos de luz se colaban por la persiana para imprimirse en mi cara, aunque horas después pensé que bien podía haber sido esa luz del túnel del que hablan en las películas. La experiencia fue placentera; había dormido realmente bien aquella noche y estaba descansado para el resto de la eternidad; peor habría sido que me atecase la dichosa tortículis, si ya me quejo cuando me dura un par de días…Resulta que en mi casa no se lo tomaron tan bien, se ve que les estropeé los planes. Y es que los niños llevaban ya varios días recluídos por culpa del mal tiempo, y estaban armando jaleo con las palas, los cubos, los rastrillos y los trastos de la playa desde tempranas horas de la mañana. Mi mujer estrenaba bikini ese día, y llevaba ya un buen rato mirándose en el espejo y la abuela tenía ya el almuerzo metido en tupperwares que después nunca saldrían de la cocina, al igual que el bikini no se adentró en el agua fría, ni los cubos, palas y rastrillos se llenaron de arena aquel día. Y todo por mi culpa, todo porque  de repente reinó un silencio ensordecedor, quebrantado a veces por los intermitentes sollozos.

Horas, o días más tarde, minutos antes de que se comenzara a oficiar la misa de un funeral que nunca quise que me hicieran, escuché a mis compañeros  de trabajo hablar a pocos metros del coche fúnebre acerca de la mala hora en la que se me ocurrió morirme. Lo cierto es que tenían sus razones, ya que aquel domingo por la noche yo era el encargado de preparar la cena que tanto tiempo llevábamos organizando. Al fin y al cabo, algún día se tenían que quitar el cartel de hipócritas y decir delante de mí lo que realmente piensan. Aunque después se llevaron las manos a la cara imitando un gesto de dolor mientras el cura, también hipócrita, hablaba sobre mi vida como -según sus palabras- buen cristiano. Acompañaron este horrible feretro hasta el cementerio, y allí secaron las lágrimas de mi mujer y mis hijos, y sonrieron compasivos hacia ellos.

Ahora me alegro de haber elegido aquel radiante domingo para morirme. En la playa no habría ni un hueco para plantar la toalla y habría sido un día estresante. Además, con tanta falsedad entre mis compañeros la cena se le habría atragantado a cualquier otro, y ahora sería él quien estaría criticándome desde este lugar desde el que ya nadie más me podrá ver.

15/07/07


Dos de la madrugada

julio 11, 2007

– Explícamelo otra vez, creo que no lo acabo de entender…

– Es que es complicado…seguro que jamás lo has sentido?

– …

– Verás, cuando echas de menos es como si te sintieras vacío, como si de pronto hubieras perdido algo que necesitas, y cuando te empeñas en buscarlo te das cuenta de que no lo podrás encontrar, precisamente por eso lo echas de menos. Es entonces cuando no te sientes vacío y notas que se enciende y te duele todo tu interior…

– Entiendo…y ¿tú crees que se puede echar de menos el echar de menos?

– Ojalá supiera


Cóncavo

mayo 11, 2007

Me topé con tus ojos por primera vez mirándome desde el hueco cóncavo que guardas en tu pecho. Decidí desabrochar los botones que lo custodian y fui sacando uno a uno los secretos que se amontonaban en ese espacio tan reducido. Los cogía cuidadosamente con mis dedos y trataba de sentirlos míos. A veces me detenías y te tomabas unos minutos para explicarme su significado con paciencia, otras no te hacía falta más que la complicidad recién descubierta. Un día me aburrí,  o quizás fuiste tú quien se aburrió. Entonces realmente abrí los ojos y me topé con los tuyos en su sitio, llenos de indiferencia y perdidos en el vacío. Fue un placer descubrir que en aquel hueco no guardabas más que eso; vacío.

Bien, esta es mi aportación para el cuarto microrrelato del concurso que Ana  está haciendo en su blog…espero que no te moleste que haga publicidad aquí…


“Ya estoy aquí, hermano”

abril 27, 2007

Ya son más de las nueve y cuarto y el tren estará a punto de entrar en el andén. Y precisamente hoy la maleta me pesa más que los nervios en la garganta, más que mis pasitos cortos que probablemente sean los responsables de que no llegue a tiempo. El constante fluir de la gente y la eterna lentitud de las escaleras mecánicas alentan mi ansiedad y trato de refugiarme en la cara de sorpresa que se les va a quedar cuando escuchen el sonido de mis llaves en la cerradura de casa después de casi más de tres meses. Por fin, las puertas del vagón se cierran automáticamente tras de mí, y junto a mi asiento me espera una novela de un tal Reverte sostenida por la manos de una señora con cara de pocos amigos y escasa conversación. Me acomodo y el paisaje me absorbe, y los pensamientos…a las nueve y treinta y siete de la mañana mamá arrastrará sus pies a tientas en la cocina, con los ojos aún aprisionados entre legañas y buscando la leche en el frigorífico, justo después de haber limpiado el filtro de la cafetera. Mi hermano habrá dejado la cama sin hacer tras marcharse a las siete de la mañana. Al fin, el olor a madera vieja de mi portal me da la bienvenida. La emoción me ayuda a cargar con la maleta como puedo, intento correr escaleras arriba y tanteo la cerradura. Sólo se escucha el silencio y la sorpresa es mía. Un hilo rojo me conduce hasta la cocina sucia y con los platos aún sin recoger. Mi madre tendida en una esquina envuelta en un oceano de sangre, que pronto pintará mis pantalones de dolor y me mostrará mi reflejo, aterrado, incapaz de articular ni gestos ni palabras. Vuelvo a escuchar el familiar sonido de la puerta a mis espaldas y una mano conocida sobre mi  hombro, “ya estoy aquí, hermano”.