Así se hace

febrero 26, 2009

El barrio chabolista de Garib Nagarde, en Bombay, India, ha comenzado a recibir como héroes a los niños que protagonizan la película Slumdog Millonaire, que acaba de conseguir ocho Oscars. Los niños actores provienen de familias pobres. El Gobierno indio les ha ofrecido viviendas nuevas tras su éxito en Hollywood.
EL PAÍS/ REUTERS

Anuncios

“La noticias no existen. Las noticias se inventan”

febrero 2, 2009

Tenía una entrevista concertada para esta tarde. Aquí, en Zumaia. La entrevistada, una argentina encargada de una asociación de mujeres inmigrantes. Ya la había cagado al contactar con ella por teléfono para pedirle la entrevista esta misma mañana – asuntos enrevesados corporativistas del periódico – y presentía que la iba a volver a cagar en el encuentro. Podía más o menos imaginarme quién era la mujer con la que me iba a encontrar, de alguna vez que otra que la había visto por la calle. Me dijo dónde estaba la tienda que ella ahora regentaba, y que allí nos encontraríamos. Para llegar hasta allí desde mi casa, tenía que pasar por la parte de atrás, donde hay una gran cristalera. Desde detrás de su ordenador siguió con la mirada cómo apuraba nerviosa las últimas caladas del cigarro.

Abrió la puerta. Dos besos. Me preguntó por mi nombre y me condujo hasta su mesa. “Sentate” me dijo. Sobre el escritorio le aguardaba el mate con la correspondiente pajita de acero hirviente. Por lo que vi en su ordenador estaba terminando una especie de informe. Mientras yo desplegaba todo mi kit del periodista sobre la mesa, ella esperaba apoyada sobre la estufa, sentada sobre sus manos para calentarlas. Típico silencio incómodo entre las presentaciones y la primera pregunta.

Increible el trabajo que hace esta mujer para ayudar a las mujeres inmigrantes en esta comarca. Tanto, que me dio rabia tener que limitarme a un par de preguntas sobre eso, porque en realidad la entrevista no tenía nada que ver con su trabajo, sino con lo que ha supuesto el periódico para el que trabajo para la asociación.

En cuanto apagué la grabadora me preguntó si llevaba mucho tiempo trabajando para el periódico. Respondí que solo era colaboradora, que aún estaba estudiando. En seguida se interesó, “a qué te querés dedicar?”. Todavía no lo tengo claro, me gusta la prensa escrita. Ríe. “Yo también soy periodista”, dice. Lo sabía, alguien me lo había dicho hace años, entendí por qué me imponía tanto respeto. “El potencial ahora está en lo digital” me dijo. Ya lo sabía, pero yo siempre había preferido el papel, dije. Eso en seguida la llevó a comenzar a hablar de que se estaba perdiendo el periodismo de análisis; “cuando voy al baño que me sirvan información, para eso también tengo la tele, pero si me siento a desayunar con un periódico delante quiero reflexión”. “Eso pasa porque el periodismo no se siente” sigue, “tienes que sentir el periodismo en las tripas para contar las historias, eres periodista las 24 horas del día”. Parece que le di cuerda, a sus ojos los periodistas han perdido la curiosidad “qué pasa con los periódicos de este país? anda que no hay temas donde meter la nariz! – e interpreta el ademán de meter la nariz- Pero los periodistas no quieren meter la nariz” y hace el gesto de teclear con las manos, como intentando hacer una crítica de quienes sólo se nutren de Internet.

La gente no paraba de entrar y salir de la tienda, la conversación se interrumpía cada dos por tres. Yo llevaba de pie y con  la chaqueta puesta lo menos hacía cinco minutos, pero esperaba a que los clientes salieran para poder seguir con la conversación. No quería irme de allí. Se puso a hablar de los detalles, de que la gente se había olvidado de ellos, cuando, en realidad, se podían hacer mil historias en torno a los más nimios detalles. “Las noticias no existen. Las noticias se inventan” me espeta. Discrepo, en un alarde de ingenuidad. Y ella me contraargumenta siguiendo con la excusa de los detalles “uno tiene que observar, y a partir de cualquier pequeño detalle se arma la historia”.

Suena el teléfono, esta vez entiendo que es hora de que me vaya. Sonrío, saludo con la mano. “Chao María”. “Gracias” le digo. Todavía no sé si se las di porque me había concedido la entrevista, por la especie de clase que me acababa de dar, o en un intento aborto de disculpa por el hecho de que yo, que durante la conversación me mostré en contra de la superficialidad, sólo me había dignado a hacerle a un par de preguntas acerca de la labor que lleva a cabo.


Un viaje a Rusia. Día séptimo

febrero 1, 2009

En Moscú ya no tenemos ninguna mentora de la que deshacernos, pero seguimos quedando a las nueve “sharp” que al final acaban siendo nueve y media. En el camino desde nuestro hostal hasta  la plaza roja hay lo menos tres creperías. Paramos para desayunar. De nada nos ha servido quedar a las nueve “sharp” porque al final salimos media hora más tarde del hostal y tardamos otro tanto esperando el suculento desayuno a base de crepes hechas desde un escaparate; es una treta más para atrapar al público, por la transparencia de saber cómo las hacen pero también por el efecto hipnotizador que tiene el proceso de elaboración del dulce francés. Para acompañar, café hirviendo que sabe más a pollo que a café. Estaba diciendo que al final no sirvió quedar a las nueve, porque de todas formas nos retrasamos una hora. Tal vez, quien propuso madrugar tanto, cualquiera de los once de Moscú, ya sabía que esto iba a pasar.

Ya estamos en la plaza roja, parece que Al Gaddafi no ha madrugado tanto como nosotros y que sigue durmiendo en su kaima en mitad de la Plaza Roja. Sigue cerrada. Hay policías por todas partes, cosa que después de casi una semana en Rusia no nos extraña, pero esta vez van todos como en escuadrón, y no en patrullas de dos en dos. Algo pasa. A las puertas de la Plaza Roja se agolpa una multitud sosteniendo los estandartes del comunismo en ondeantes y orgullosas banderas rojas. Ninguno de los allí presentes baja la media de edad de los 60 años. Va a haber alguna especie de acto comunista y todos ellos van a entrar en la Plaza Roja. Alguien tiene la brillante idea de que, si queremos entrar debemos unirnos a ellos y así hacemos. Justo en el momento en el que rebasamos la valla de seguridad, nos esperan cámaras, fotográficas y de televisión. Nunca llegamos a verlos, pero en ese momento todos comentábamos que hasta Mundo saldría infiltrado en una manifestación comunista en todas las portadas de los periódicos de la madre Rusia.

La catedral de San Basilio al fondo, a la derecha el mausoleo de Lenin y a la izquierda el lujoso centro comercial con una fachada repleta de motivos barrocos. En mitad la inmensa plaza que, sorprendente y decepcionantemente no es roja, o al menos, los adoquines, literalmente no lo son. Vamos directamente a ver a Lenin. Su mausoleo, un edificio no demasiado grande construido de una especie de granito negro. Hay seguridad por todas partes. En señal de respeto, nos quitamos los gorros al entrar por la puerta. A la izquierda, las escaleras que nos conducen a él y a la derecha las escaleras por donde saldremos. Comenzamos a bajar, al pasar por delante de un guardia se lleva el índice a la boca en un intento de recordarnos que tenemos que mantener silencio. Recuerdo que estaba nerviosa cuando bajaba por esas escaleras, que tenía la sensación de cuando estás viendo una película de miedo, la música va acrecentando y sabes que es el turno de un susto de un momento a otro.

De pronto nos damos de bruces con la urna en la que él primer líder soviético permanece macerando en formol desde hace años. Lo primero por lo que sorprende es porque es pequeño, enclenque. Conserva su perilla de chivo, y su cara inspira tranquilidad, calma. Viste de traje, tiene las dos manos sobre su pecho, y mantiene la derecha cerrada. Otra sorpersa, creíamos que debía ser la izquierda. En la habitación cuatro guardias más custodian los cuatro costados de la urna en la que descansa el dirigente comunista, que parece que con el paso de los años se ha ido convirtiendo en figura de cera. Hay que rodear la urna, pero rápido, pasar más de cinco segundos mirando a Lenin desde el mismo sitio parece estar prohibido y en seguida ves a los guardias dar un paso al frente para llamar tu atención. Salimos por las escaleras de la derecha. Tengo un sentimiento muy extraño, aún no sé en qué pensaba cuando salí de ese lugar.

Recuerdo en lo que pensaba Sara. Salió diciendo que no entendía cómo el país que más había sufrido las consecuencias de los años negros del comunismo – refiriéndose sobre todo a los años de Stalin- seguía manteniendo símbolos como la hoz y el martillo en cada rincón -literalmente-, o seguía haciendo manifestaciones como la que acabábamos de ver mientras que parecían no recordar los años de los gulags o las purgas de Stalin. Como aquel día, sigo pensando que la hoz y el martillo no son sólo representantes de las atrocidades de Stalin, sino que también representan la ideología, la teoría del comunismo en sí, con todo lo que ello conlleva, todo lo que propuso Marx en su día, y que supone una ideología con la que nos sentimos muy cercanos, por mucho que después en Rusia tuviera consecuencias horribles. Supongo que nosotros desde occidente identificamos la hoz y el martillo desde ese punto de la esencia de la ideología comunista en sí, mientras que en los países ex soviéticos están prohibidos, y en la misma Rusia los siguen venerando.

Tras una larga discusión llegamos al museo del Gulag. Allí pudimos seguir con la reflexión y Sara pudo seguir alimentando sus argumentos. Tenía razón. San Petesburgo y Moscú estaban plagados de símbolos y monumentos a la era soviética pero el único encargado de mostrar la otra cara que vimos, aquel museo del Gulag, no era más que una especie de oficina a cargo de cuatro o cinco personas (que tampoco bajaban la media de edad de los 60) y que se componía de tres o cuatro habitaciones donde había aparatos (radios, herramientas…) que se habían encontrado en los gulags y donde de las paredes colgaban escalofriantes grabados diseñados por los propios presos. Eso y una represesntación de un barracón de un gulag: una litera, una oficina de interrogatorio y una celda. Y eso era todo, eso era toda la atención que la memoria rusa otorgaba a los afectados del comunismo. O al menos lo único que vimos. Eso sí, la “guía” era encantadora, nos colmó de folletos, nos hizo tarifa de grupo y nos acompañaba de habitación en habitación señalando los objetos y cuando lo hacía, en un forzado inglés, decía el nombre de cada uno seguido de la coletilla “…about Gulags”.

Para olvidarnos de tanto sovietismo e inyectarnos un poco de capitalismo en vena, acto seguido fuimos a un McDonalds. Bueno, en realidad era porque fue el primer MacDonalds que se abrió en Moscú cuando cayó el comunismo y lo inauguró el mismísimo Nahuel. Todavía recordaba el camino y hasta allí nos llevó. Después nos enteramos de que una vez allí Margherita les dio de vuelta lo que ellos – el ente MacDonalds en general- le habían dado a ella. Y no quiero entrar en detalles más escatológicos.

Una vez fuera y tras el obligado cigarro después de comer, decidimos visitar la parte vieja. Hay que coger el metro. De repente, nadie sabe cómo, Ana, Sara, Laura, Nahuel y yo hemos perdido al resto. Hemos perdido a nuestros representantes de Italia, Francia y Portugal. Damos una vuelta, dos, no los encontramos, los bombardeamos a mensajes pero nadie tiene respuestas. No podemos llamar, tampoco es que la cobertura rusa sea una maravilla. Decidimos dirigirnos a la primera estación de metro de Moscú que se supone que es donde íbamos antes de la parte vieja. Pero, o nos hemos equivocado de estación o no es tan bonita como la pintan. Llevamos una hora de metro, entre que no nos enteramos bien por culpa del cirílico y que tampoco sabemos muy bien a dónde nos dirigimos. Salimos, y veo un cartel que me suena haber visto. Pregunto si no estamos en el sitio de antes. Laura recibe un mensaje del resto, y especifica la hora en la que se lo han enviado, 15.51, ¿qué hora es?, pregunta. Le contesto, son son las 15.50. Ella lo confirma en su móvil, sí son las 15.50. Sara seguía atenta la conversación, nos mira asustada “a ver si vamos a estar viajando en el tiempo y nunca es mi cumpleaños” dice.

Mandamos un mensaje al resto para decir dónde estamos. Esperamos media hora, no aparecen, los pies se nos empiezan a agarrotar y empieza a anochecer. Vamos hacia la parte vieja. Resulta que tampoco es espectacular; nada más que un amasijo de calles. Aunque también puede ser que porque empieza a oscurecer no lo apreciamos bien. Volvemos a saber del resto, también están en la parte vieja pero vienen en la otra dirección. Esperamos otros quince minutos y el frío ya es insoportable. Por fin nos reencontramos todos. El plan es descansar, llevamos todo el día andando y sin ver nada en concreto, pero los museos están a punto de cerrar y no merece la pena. Laura y yo volvemos al hostal, no sentimos los pies, y aprovechamos para descansar en las camas más cómodas que hemos probado en meses.

Al final no descansamos más que una hora o algo más, suficiente para volver a sentir los pies. El resto nos espera en la parada de metro cerca de dónde hay un buffet que dice  recrear  la estética de los años cincuenta en plena era soviética. En la parada hay una estátua de un perro que una señora se acerca a admirar, lo acaricia suavemente y le dirige unas palabras, con el tono que utiliza la abuela para dirigirse a su nieto de dos años. Le lanza una moneda; no sabemos quién es el perro pero debió hacer cosas importantes.

Hemos quedado a las diez, son las diez y cuarto y seguimos esperando, ni rastro de los demás. Nos sentamos en un banco a esperar. Pronto nos tenemos que levantar, porque un señor se aproxima a Laura y a mí. Nos dice algo, decidimos ignorarlo al principio pero se empieza a poner insoportable y no podemos entender lo que quiere decir. Nos levantamos y nos alejamos de él, pero nos persigue, vamos escaleras abajo, otra vez al metro. Nos empezamos a sentir nerviosas y el tipo no para de venir tras nosotras. Nos quedamos quietas en un lugar intentamos ignorarle pero él no se da por aludido, acabamos revoloteando por la estación y él nos persigue. En cierto momento, saca un fajo de billetes del interior de su chaqueta y nos lo muestra, más bien, nos lo ofrece. Laura y yo no sabemos dónde meternos, escapamos de allí y volvemos a donde estaba la estátua del perro. Él deja de perseguirnos, parece que ya se ha dado cuenta de que no somos prostitutas.

Por fin llegan los demás, vamos al buffet amplio y repleto de manjares, y por suerte, con amplio surtido para vegetarianos. Allí comienza nuestra discusión sobre el italiano y el castellano. Margherita dice que en italiano no hay palabras concretas para cada árbol frutal, que se dice albero -árbol- seguido del nombre de la fruta. Nahuel se empeña en que sí que tiene que haberlo. Magherita sigue diciendo que no, aunque dice que alguna excepción hay. Nahuel sigue en sus trece “por ejemplo, si yo voy a una tienda y digo que tengo que plantar una tomatera qué digo” Margherita se rie, “planta de pomodori” dice, Nahuel se pone en situación como si estuviera en la tienda “quiero plantar una tomatera en el jardín de mi casa”, Margherita le enseña “io volglio piantare una pianta de pomodori a la mio giardinio de la mia casa” (no prometo que esto sea exacto, pero no he querido utilizar ningún traductor) y Nahuel repite. Sara entra en trance, una vez más, ataque de risa convulsivo.

De allí directos al hostal. Estamos rendidos, volvemos a quedar a las nueve sharp. Algunos caen dormidos antes que otros.


Un viaje a Rusia. Día quinto

noviembre 27, 2008

04-11-08

El día hoy se despierta perezoso y muy cansado. Algo que es imprescindible antes de marchar hacia la capital de la madre Rusia: visitar el museo de Dostoievski, un piso en el que vivió durante un tiempo. Primer intento fallido; el museo esta cerrado por la fiesta nacional rusa, que mas tarde en Moscú nos traerá otros quebraderos de cabeza. Es el último día y hay que aprovechar Sanpetesburgo al máximo: vamos al Hermitage,que se encuentra en el Palacio de Invierno. Es el Prado de Sanpetesburgo, uno de los museos más importantes de Rusia y que sin duda alberga una increíble colección de esculturas y pinturas. Por el camino normal nos habria llevado quince minutos, pero Nahuel armado con su camara se empeña en llevarnos caminando, serpenteando por las calles cercanas al río. Sanpetesburgo es una oda a la megalomanía.

Dos horas de espera para entrar; debido al dia nacional, la entrada es gratis y toda Rusia se agolpa a las elegantes puertas del monumental museo: esta plagado de gente hambrienta de cultura facil, sí, esos mismos que tardan cuatro horas en ver la mitad del museo porque se paran a posar con cada cuadro. Impresionismo francés, barroco español, renacimiento italiano, la antigüedad y un arte contemporaneo que no acabamos de encontrar. Los pasillos, laberínticos, forrados de tapices y las entretelas palaciegas permanecen cerradas para el público.

Exhaustos, llegamos a comer a la primera pizzeria que vemos y con ello la primera sorpresa del día: de repente la cartera de Sara ha desaparecido. Tras varios minutos de revolucionar el restaurante para buscarla sin que las camareras cambien el gesto de la cara – algo a medio camino entre el “no me importa que se te haya perdido la cartera” y el “no me importa que estes poniendo el bar patas arriba”- llegamos a la conclusión de que la han robado. Por suerte aun conserva el billete a Moscú. Y el pasaporte.

Salimos de ese horrible lugar para caminar lentamente por la Gran Vía de Sanpetesburgo. En uno de los túneles por los que se cruzan la calle, un “policía” para a Claudia la portuguesa. No se había dado cuenta de que habia sñales de “no fumar”. Le pide 1900 rublos o a la comisaría. No parece un verdadero policía, lleva zapatillas de deporte, un uniforme bastante dudoso y ni siquiera placa. Haciendo alarde de ello, le dice que tiene un precio especial para ella: 500 rublos. Claudia, para salir del apuro acepta y el policía saca los papeles de la “multa” de un kiosco en el que venden tabaco, chocolatinas y suvenires. La insta a que escriba un nombre y un número de pasaporte falsos , según él, para que no tenga problemas con la justicia rusa . Duele pagar 500 rublos a un policía corrupto, un timador, pero era la única solución si queríamos seguir con el viaje.

Paramos para tomar la última cerveza en Sanpetesburgo e intercambiar impresiones en forma de dibujos. Con el gesto de cansancio impreso en la cara llegamos a la conclusión de que los rusos son más bordes que los lituanos; que los lituanos son secos, pero majos y que sin embargo los rusos son maleducados y que cuando nacen los sellan para siempre con el ademán de la amargura. “Ahora pienso en volver a Kaunas y me parece como volver a casa” o “Cuando volvamos a Lituania nos volveremos a sentir en Europa” se oye.

La estación es un monumento al comunismo, un adelanto de todo lo que nos espera en Moscú; en el techo se muestra, Lenin liderando la revolución seguido de sus súbditos sobre un fondo que convierte la escena aún más grandiosa.

Después de atrincherarnos a cenar delante de los paneles, salimos corriendo en cuanto sale el número de nuestro tren. A primera vista, el tren parece de vapor; los vagones verdes y rojos llevan en los costados el sello de la hoz y el martillo y las ventanas son pequeñas y grisáceo ennegrecidas. Nos piden los pasaportes para entrar y esta vez por suerte no hay ningún problema con ellos. Todo está oscuro pero los asientos parecen de cuero, y parecen camas. Las primeras impresiones las vivimos como en una montaña rusa; resulta que los asientos no son asientos, sino camas, y hay cuatro por cada compartimento más dos taburetes en el mismo compartimento pero al otro lado del pasillo. Felicidad. Nahuel, Sara, Laura y yo nos acaparamos uno. Mierda. Los asientos parecen estar numerados. Los rusos nos arrebatan el compartimento que ya habíamos elegido. Nos “acomodamos” en las banquetas a la derecha, que tienen una especie de mesa en el medio y una estantería/cama encima de nuestras cabezas. El viaje va a ser muy triste si nos tenemos que pasar las doce horas mirando como duermen tranquilos los rusos desde nuestros taburetes. Desolación y pesimismo. Se hace la luz; Margherita se convierte en nuestro dios por un momento; llega a donde estamos y con su voz de italiana nos dice: “I am comming to give you the beds”. Comienza a desplegar artilugios de las paredes y a transformar los taburetes en camas; ahora todos tenemos algo donde dormir. Incluso sábanas, almohadas y algo a los podríamos llamar colchones, que no inspiran demasiada confianza, y menos las mantas.

A las ocho de la mañana nos despiertan el calor y la sinfonía de ronquidos procedente de un hombre mórbido y un joven que durmió toda la noche en la cama de cuarenta por uno cincuenta abrazado a su novia. A las once hemos despertado todos, picotazos incluidos. El tren lleva media hora parado en medio de la nada rusa. Hará otro par de descansos así antes de llegar a Moscú. Nos llega la noticia: Obama ha barrido. El baño es la visión más hostil que he visto últimamente, como el de Trainspotting. Un pequeño cubículo lleno de mugre y pisotadas marrones, incluso encima de la taza. No hay agua, pero un cubo/bacinilla cuelga de una de las paredes. En dos horas estaremos en Moscú.

s8004507Paradoja: es el día de la patria rusa, pero Obama, que a partir de hoy será el nuevo presidente de Estados Unidos aparece en los escaparates de los kioskos

n1494426940_89867_3404Nahuel, François, Sara y Marghe en la cola para el Hermitage

s8004526Detalle del Hermitage

s8004552Nahuel enseña su obra en el tren camino a Moscú



Riga

septiembre 30, 2008

Mi libreta tuvo que soportar los siguiente comentarios abusurdos minuto a minuto durante el viaje a Riga

9.00 Están poniendo bamboleo y el aserejé en el autobús con destino Riga. La niebla empaña y engulle la carretara y los conductores lituanos se vuelven locos. Miro a la derecha: mi compañera de asiento, aún no he decidido si letonona o lituanona, lleva un perrete en el regazo.

10.38. El gremio autobusero está muy arraigado en Lituania. El perrete duerme.

11.18. Control policial. Estamos en Letonia y un señor vestido de imponente militar entra en el autobús a la voz de “pasports!”. El perrete sigue durmiendo aunque levanta la cabeza de vez en cuando y abre mucho los ojos.

11.24. La carretera está rodeada de bosque como en medio de la nada. En la cuneta derecha veo -fugazmente, el tiempo que tarda el autobús en dejarla atrás- a una mujer que mira fijamente a no se sabe donde. Lleva un pañuelo rojo en la cabeza, seguramente con algunos motivos florales verdes. Lleva un abrigo gris verdoso hasta las rodillas, uno de estos cuyo acolchado tiene forma de rombos, y deja vislumbrar un trozo de la falda azul tablada. Delante de ella, unos árboles de corteza blanca e interminable tronco, donde las hojas nacen allí donde sólo alcanza la vista de los lituanones, aunque la de la mujer seguro que no. Sin embargo, ella sigue allí imperturbable. El perrete está muy azorado y se sacude. Me acabo de acordar de que tengo alergia a los perros. Las orejas, puntiagudas, le caen hacia atrás, sobre la espalda, pero cuando estira mucho el cuello apuntan hacia el norte.

11.39. Rectifico; el gremio autobusero está muy arraigado en los países bálticos en general.

12. 14. Los conductores están locos también en Letonia. Por ahora, es de un verde diferente al de Lituania y algo más soleada. Las carreteras secundarias de este país, y en consecuencia, los botes que da este autobús soviético, no me van a dejar leer lo que escribo. El perrete es bastante feo, sigue durmiendo.

12.19. Sobrepasamos la frontera de Riga. Lo anuncian como Hollywood.

12.27. Vemos las orillas de la ciudad. Un enorme rótulo de Phillips nos da la bienvenida, pero en seguida nos sumergimos en otro barrio gris. En el horizonte miles de cúpulas de colores. ¡Hay tranvía!

16.04. Primera parada para comer, tras ciertas disputas hispano-germano-francesas. La ciudad de la luz nos recoge entre sus anchas avenidas llenas de iglesias recubiertas de arte a cada diez pasos. Una parte vieja semidesierta y laberíntica con algún que otro atractivo turístico, para desdicha del alemán, y una calle central, sede del consumismo y del turisteo. Riga suena a la melancolía rasposa del saxofón y a la nostálgica cadencia del acordeón. En el obelísco en una de las calles principales dos guardias se mantienen inmóviles, con sendas armas en las manos. Cargadas, “por si a algún iluminao anarquista se le cruzan los cables” (Sara dixit).

20.40. Parón para cenar después de dos mil y una vueltas por la ciudad, perdernos buscando el barrio Art Nouveau y encontrar uno con encanto soviético, encontrar el barrio en cuestión y “knock on heavens door”. Cada edificio tiene algo que contar, pasear por Riga contemplando sus edificios es como pasarse horas y horas buscando la ranita sobre la calavera de la universidad de Salamanca. Nos aprovisionamos de cerveza barata (Riga es bastante más caro que Kaunas) y vamos al parque a beber. Es ilegal, pero el alemán propone meter las cervezas en las bolsas. No se da cuenta de que cuando las escondes es aún más evidente que estás bebiendo alcohol. Volvemos al hostal y conocemos a un australiano que se ha tomado un año para salir de su isla y conocer el resto del mundo. Tiene el mismo acento que Claire la de Lost y cogió el vuelo Oceanic 815 para ir a nosédónde, como los de Lost. Abro una Carlsberg, veámos cómo se torna la noche.

13.23. Tren a Slokas, dirección al mar. Me temo que volveremos a vérnoslas con el báltico, que no es un mar de verdad. Anoche nos echaron del pub irlandés, donde Nahuel se dormía, estuvimos vislumbrando la fauna letona y por un momento volvimos a estar en pleno Sol en Madrid, obras incluidas. Bailes letones y mercadillos con productos típicos en la plaza principal. Hacinamiento en el tren y el ambiente viciado a algo que huele a pesadumbre y cansancio también. El tren fue seguramente construido a mitad de los setenta, principios de los ochenta como mucho. Preguntamos y nadie quiere decirnos si nos hemos pasado o no nuestra parada, Majori, pero unos minutos más tarde un alto edificio de tejados azules (verdes) nos da la bienvenida a otro atractivo turístico más, parecido a Nida, con sus casas con jardín, y sus habitantes de pega, que no son habitantes de verdad porque seguramente utilizan el pueblo nada más que como retiro de domingo. Reencuentro con el mar y abrazamos la pereza en la arena, nos quedamos dormidos. El tren de vuelta parece ir más rápido, hacemos una fugaz visita por lo que “nos falta ver” en la ciudad y volvemos al hostal. Llevamos sin saber nada del segundo alemán en todo el día, aparece cincuenta minutos antes de la partida de nuestro autobús. Los germanos se quedan.

22.37. Llevamos media hora en un autobús rodeados de polacos. Un tufillo a tabaco llega hasta la nariz del conductor, de repente, para el autobús en medio de la niebla de las carreteras letonas. Abre la puerta del cuarto de baño, y parece que saca al fumador en cuestión como el maestro que se lleva a un chiquillo de la oreja. Después de una imponente retahila en letón o polaco o lituano el chaval suelta cincuenta euros, el conductor vuelve a su asiento farfullando algo y alguien nos hace de traductor. Dice que si pilla a alguien más fumando lo saca del autobús. Nos imaginamos la situación: solos a las once de la noche en plena tundra letona. El autobusero mete los cincuenta euros en una caja, pero saca veinticinco y se los devuelve al chaval. Vuelve a su asiento, volvemos a volver a Kaunas. El francés se puso a ver Little Miss Sunshine en inglés con subtítulos en francés. Yo me dispongo a matar esta verborrea mental del viaje relámpago a Riga. Mundo ha estado a punto de perder la vida varias veces. Aún sin poder respirar su sal, el Báltico nos ha envuelto en una ciudad simple e imponente a su vez. Con una belleza fácil de encontrar, pero difícil de deshacerse de ella. Una ciudad en la que ir con la cabeza bien alta y la mirada siempre apuntando al norte para no perderse detalle de todo lo que esconden las fachadas de los edificios y el otoño amarillento, pero alternando con la cabeza gacha, para no descuidar el constante empedrado rojo y gris.


Caballos? Que hay caballos?

julio 18, 2008

Por petición expresa de mi incondicional lectora de Frases para la Posteridad, que según las estadísticas del blog -sin altibajos, por cierto- lee la página una media de dos o tres veces al día, he decidido actualizarla con las idas de olla etc. del curso 07/08. Esta vez no son tantas como el año anterior; tal vez sea porque no he estado dando tanto la pesadez como el año pasado con la agenda, bueno, seguro que es por eso, y no porque en un año – léase con voz refinada y un tanto pedante- hayamos madurado y ahora nuesra forma de expresarnos sea en todo momento la adecuada.

El título responde a una de las más grandes frases para la posteridad de este curso, que no he recogido en la recopilación de este año, pero que me dispongo a relatar.

Fin de los exámenes de febrero. Habitación 348. Todas tiradas en la cama de Sara, rendidas, pidiendo a Mundo que nos hiciese un hueco. Alguien llega y dice que en la terraza están armando mucho jaleo, que se nota que han terminado los exámenes. Que parece que haya caballos. Acto seguido, Analú entre asustada y emocionada se pone a gritar: Caballos? Que hay caballos?

En fin, conformaos con esto mientras sigo rumiando temas para actualizar el blog decentemente.


Anfibióticos

mayo 20, 2008

Podría inventarme una historia, transgredir la realidad. Podría imaginar que un enorme, un gigantesco tanque de fármacos tóxicos y otras sustancias nocivas se derramaron en la charca más pulcra sobre la faz, o quién sabe, manto de la tierra. Que los tritones, salamandras, sapos y renacuajos, se vieron obligados a emigrar. Proponer cien mil formas de gobierno y acabar a lenguetazo limpio. Podría decir que del lodo surgió por fin el manifiesto.

Pero sólo os contaré el final: el niño nos salió rana.

Compruébenlo con sus propios ojos (y de paso entérense de qué va esta entrada)