Un viaje a Rusia. Día séptimo

En Moscú ya no tenemos ninguna mentora de la que deshacernos, pero seguimos quedando a las nueve “sharp” que al final acaban siendo nueve y media. En el camino desde nuestro hostal hasta  la plaza roja hay lo menos tres creperías. Paramos para desayunar. De nada nos ha servido quedar a las nueve “sharp” porque al final salimos media hora más tarde del hostal y tardamos otro tanto esperando el suculento desayuno a base de crepes hechas desde un escaparate; es una treta más para atrapar al público, por la transparencia de saber cómo las hacen pero también por el efecto hipnotizador que tiene el proceso de elaboración del dulce francés. Para acompañar, café hirviendo que sabe más a pollo que a café. Estaba diciendo que al final no sirvió quedar a las nueve, porque de todas formas nos retrasamos una hora. Tal vez, quien propuso madrugar tanto, cualquiera de los once de Moscú, ya sabía que esto iba a pasar.

Ya estamos en la plaza roja, parece que Al Gaddafi no ha madrugado tanto como nosotros y que sigue durmiendo en su kaima en mitad de la Plaza Roja. Sigue cerrada. Hay policías por todas partes, cosa que después de casi una semana en Rusia no nos extraña, pero esta vez van todos como en escuadrón, y no en patrullas de dos en dos. Algo pasa. A las puertas de la Plaza Roja se agolpa una multitud sosteniendo los estandartes del comunismo en ondeantes y orgullosas banderas rojas. Ninguno de los allí presentes baja la media de edad de los 60 años. Va a haber alguna especie de acto comunista y todos ellos van a entrar en la Plaza Roja. Alguien tiene la brillante idea de que, si queremos entrar debemos unirnos a ellos y así hacemos. Justo en el momento en el que rebasamos la valla de seguridad, nos esperan cámaras, fotográficas y de televisión. Nunca llegamos a verlos, pero en ese momento todos comentábamos que hasta Mundo saldría infiltrado en una manifestación comunista en todas las portadas de los periódicos de la madre Rusia.

La catedral de San Basilio al fondo, a la derecha el mausoleo de Lenin y a la izquierda el lujoso centro comercial con una fachada repleta de motivos barrocos. En mitad la inmensa plaza que, sorprendente y decepcionantemente no es roja, o al menos, los adoquines, literalmente no lo son. Vamos directamente a ver a Lenin. Su mausoleo, un edificio no demasiado grande construido de una especie de granito negro. Hay seguridad por todas partes. En señal de respeto, nos quitamos los gorros al entrar por la puerta. A la izquierda, las escaleras que nos conducen a él y a la derecha las escaleras por donde saldremos. Comenzamos a bajar, al pasar por delante de un guardia se lleva el índice a la boca en un intento de recordarnos que tenemos que mantener silencio. Recuerdo que estaba nerviosa cuando bajaba por esas escaleras, que tenía la sensación de cuando estás viendo una película de miedo, la música va acrecentando y sabes que es el turno de un susto de un momento a otro.

De pronto nos damos de bruces con la urna en la que él primer líder soviético permanece macerando en formol desde hace años. Lo primero por lo que sorprende es porque es pequeño, enclenque. Conserva su perilla de chivo, y su cara inspira tranquilidad, calma. Viste de traje, tiene las dos manos sobre su pecho, y mantiene la derecha cerrada. Otra sorpersa, creíamos que debía ser la izquierda. En la habitación cuatro guardias más custodian los cuatro costados de la urna en la que descansa el dirigente comunista, que parece que con el paso de los años se ha ido convirtiendo en figura de cera. Hay que rodear la urna, pero rápido, pasar más de cinco segundos mirando a Lenin desde el mismo sitio parece estar prohibido y en seguida ves a los guardias dar un paso al frente para llamar tu atención. Salimos por las escaleras de la derecha. Tengo un sentimiento muy extraño, aún no sé en qué pensaba cuando salí de ese lugar.

Recuerdo en lo que pensaba Sara. Salió diciendo que no entendía cómo el país que más había sufrido las consecuencias de los años negros del comunismo – refiriéndose sobre todo a los años de Stalin- seguía manteniendo símbolos como la hoz y el martillo en cada rincón -literalmente-, o seguía haciendo manifestaciones como la que acabábamos de ver mientras que parecían no recordar los años de los gulags o las purgas de Stalin. Como aquel día, sigo pensando que la hoz y el martillo no son sólo representantes de las atrocidades de Stalin, sino que también representan la ideología, la teoría del comunismo en sí, con todo lo que ello conlleva, todo lo que propuso Marx en su día, y que supone una ideología con la que nos sentimos muy cercanos, por mucho que después en Rusia tuviera consecuencias horribles. Supongo que nosotros desde occidente identificamos la hoz y el martillo desde ese punto de la esencia de la ideología comunista en sí, mientras que en los países ex soviéticos están prohibidos, y en la misma Rusia los siguen venerando.

Tras una larga discusión llegamos al museo del Gulag. Allí pudimos seguir con la reflexión y Sara pudo seguir alimentando sus argumentos. Tenía razón. San Petesburgo y Moscú estaban plagados de símbolos y monumentos a la era soviética pero el único encargado de mostrar la otra cara que vimos, aquel museo del Gulag, no era más que una especie de oficina a cargo de cuatro o cinco personas (que tampoco bajaban la media de edad de los 60) y que se componía de tres o cuatro habitaciones donde había aparatos (radios, herramientas…) que se habían encontrado en los gulags y donde de las paredes colgaban escalofriantes grabados diseñados por los propios presos. Eso y una represesntación de un barracón de un gulag: una litera, una oficina de interrogatorio y una celda. Y eso era todo, eso era toda la atención que la memoria rusa otorgaba a los afectados del comunismo. O al menos lo único que vimos. Eso sí, la “guía” era encantadora, nos colmó de folletos, nos hizo tarifa de grupo y nos acompañaba de habitación en habitación señalando los objetos y cuando lo hacía, en un forzado inglés, decía el nombre de cada uno seguido de la coletilla “…about Gulags”.

Para olvidarnos de tanto sovietismo e inyectarnos un poco de capitalismo en vena, acto seguido fuimos a un McDonalds. Bueno, en realidad era porque fue el primer MacDonalds que se abrió en Moscú cuando cayó el comunismo y lo inauguró el mismísimo Nahuel. Todavía recordaba el camino y hasta allí nos llevó. Después nos enteramos de que una vez allí Margherita les dio de vuelta lo que ellos – el ente MacDonalds en general- le habían dado a ella. Y no quiero entrar en detalles más escatológicos.

Una vez fuera y tras el obligado cigarro después de comer, decidimos visitar la parte vieja. Hay que coger el metro. De repente, nadie sabe cómo, Ana, Sara, Laura, Nahuel y yo hemos perdido al resto. Hemos perdido a nuestros representantes de Italia, Francia y Portugal. Damos una vuelta, dos, no los encontramos, los bombardeamos a mensajes pero nadie tiene respuestas. No podemos llamar, tampoco es que la cobertura rusa sea una maravilla. Decidimos dirigirnos a la primera estación de metro de Moscú que se supone que es donde íbamos antes de la parte vieja. Pero, o nos hemos equivocado de estación o no es tan bonita como la pintan. Llevamos una hora de metro, entre que no nos enteramos bien por culpa del cirílico y que tampoco sabemos muy bien a dónde nos dirigimos. Salimos, y veo un cartel que me suena haber visto. Pregunto si no estamos en el sitio de antes. Laura recibe un mensaje del resto, y especifica la hora en la que se lo han enviado, 15.51, ¿qué hora es?, pregunta. Le contesto, son son las 15.50. Ella lo confirma en su móvil, sí son las 15.50. Sara seguía atenta la conversación, nos mira asustada “a ver si vamos a estar viajando en el tiempo y nunca es mi cumpleaños” dice.

Mandamos un mensaje al resto para decir dónde estamos. Esperamos media hora, no aparecen, los pies se nos empiezan a agarrotar y empieza a anochecer. Vamos hacia la parte vieja. Resulta que tampoco es espectacular; nada más que un amasijo de calles. Aunque también puede ser que porque empieza a oscurecer no lo apreciamos bien. Volvemos a saber del resto, también están en la parte vieja pero vienen en la otra dirección. Esperamos otros quince minutos y el frío ya es insoportable. Por fin nos reencontramos todos. El plan es descansar, llevamos todo el día andando y sin ver nada en concreto, pero los museos están a punto de cerrar y no merece la pena. Laura y yo volvemos al hostal, no sentimos los pies, y aprovechamos para descansar en las camas más cómodas que hemos probado en meses.

Al final no descansamos más que una hora o algo más, suficiente para volver a sentir los pies. El resto nos espera en la parada de metro cerca de dónde hay un buffet que dice  recrear  la estética de los años cincuenta en plena era soviética. En la parada hay una estátua de un perro que una señora se acerca a admirar, lo acaricia suavemente y le dirige unas palabras, con el tono que utiliza la abuela para dirigirse a su nieto de dos años. Le lanza una moneda; no sabemos quién es el perro pero debió hacer cosas importantes.

Hemos quedado a las diez, son las diez y cuarto y seguimos esperando, ni rastro de los demás. Nos sentamos en un banco a esperar. Pronto nos tenemos que levantar, porque un señor se aproxima a Laura y a mí. Nos dice algo, decidimos ignorarlo al principio pero se empieza a poner insoportable y no podemos entender lo que quiere decir. Nos levantamos y nos alejamos de él, pero nos persigue, vamos escaleras abajo, otra vez al metro. Nos empezamos a sentir nerviosas y el tipo no para de venir tras nosotras. Nos quedamos quietas en un lugar intentamos ignorarle pero él no se da por aludido, acabamos revoloteando por la estación y él nos persigue. En cierto momento, saca un fajo de billetes del interior de su chaqueta y nos lo muestra, más bien, nos lo ofrece. Laura y yo no sabemos dónde meternos, escapamos de allí y volvemos a donde estaba la estátua del perro. Él deja de perseguirnos, parece que ya se ha dado cuenta de que no somos prostitutas.

Por fin llegan los demás, vamos al buffet amplio y repleto de manjares, y por suerte, con amplio surtido para vegetarianos. Allí comienza nuestra discusión sobre el italiano y el castellano. Margherita dice que en italiano no hay palabras concretas para cada árbol frutal, que se dice albero -árbol- seguido del nombre de la fruta. Nahuel se empeña en que sí que tiene que haberlo. Magherita sigue diciendo que no, aunque dice que alguna excepción hay. Nahuel sigue en sus trece “por ejemplo, si yo voy a una tienda y digo que tengo que plantar una tomatera qué digo” Margherita se rie, “planta de pomodori” dice, Nahuel se pone en situación como si estuviera en la tienda “quiero plantar una tomatera en el jardín de mi casa”, Margherita le enseña “io volglio piantare una pianta de pomodori a la mio giardinio de la mia casa” (no prometo que esto sea exacto, pero no he querido utilizar ningún traductor) y Nahuel repite. Sara entra en trance, una vez más, ataque de risa convulsivo.

De allí directos al hostal. Estamos rendidos, volvemos a quedar a las nueve sharp. Algunos caen dormidos antes que otros.

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