Riga

Mi libreta tuvo que soportar los siguiente comentarios abusurdos minuto a minuto durante el viaje a Riga

9.00 Están poniendo bamboleo y el aserejé en el autobús con destino Riga. La niebla empaña y engulle la carretara y los conductores lituanos se vuelven locos. Miro a la derecha: mi compañera de asiento, aún no he decidido si letonona o lituanona, lleva un perrete en el regazo.

10.38. El gremio autobusero está muy arraigado en Lituania. El perrete duerme.

11.18. Control policial. Estamos en Letonia y un señor vestido de imponente militar entra en el autobús a la voz de “pasports!”. El perrete sigue durmiendo aunque levanta la cabeza de vez en cuando y abre mucho los ojos.

11.24. La carretera está rodeada de bosque como en medio de la nada. En la cuneta derecha veo -fugazmente, el tiempo que tarda el autobús en dejarla atrás- a una mujer que mira fijamente a no se sabe donde. Lleva un pañuelo rojo en la cabeza, seguramente con algunos motivos florales verdes. Lleva un abrigo gris verdoso hasta las rodillas, uno de estos cuyo acolchado tiene forma de rombos, y deja vislumbrar un trozo de la falda azul tablada. Delante de ella, unos árboles de corteza blanca e interminable tronco, donde las hojas nacen allí donde sólo alcanza la vista de los lituanones, aunque la de la mujer seguro que no. Sin embargo, ella sigue allí imperturbable. El perrete está muy azorado y se sacude. Me acabo de acordar de que tengo alergia a los perros. Las orejas, puntiagudas, le caen hacia atrás, sobre la espalda, pero cuando estira mucho el cuello apuntan hacia el norte.

11.39. Rectifico; el gremio autobusero está muy arraigado en los países bálticos en general.

12. 14. Los conductores están locos también en Letonia. Por ahora, es de un verde diferente al de Lituania y algo más soleada. Las carreteras secundarias de este país, y en consecuencia, los botes que da este autobús soviético, no me van a dejar leer lo que escribo. El perrete es bastante feo, sigue durmiendo.

12.19. Sobrepasamos la frontera de Riga. Lo anuncian como Hollywood.

12.27. Vemos las orillas de la ciudad. Un enorme rótulo de Phillips nos da la bienvenida, pero en seguida nos sumergimos en otro barrio gris. En el horizonte miles de cúpulas de colores. ¡Hay tranvía!

16.04. Primera parada para comer, tras ciertas disputas hispano-germano-francesas. La ciudad de la luz nos recoge entre sus anchas avenidas llenas de iglesias recubiertas de arte a cada diez pasos. Una parte vieja semidesierta y laberíntica con algún que otro atractivo turístico, para desdicha del alemán, y una calle central, sede del consumismo y del turisteo. Riga suena a la melancolía rasposa del saxofón y a la nostálgica cadencia del acordeón. En el obelísco en una de las calles principales dos guardias se mantienen inmóviles, con sendas armas en las manos. Cargadas, “por si a algún iluminao anarquista se le cruzan los cables” (Sara dixit).

20.40. Parón para cenar después de dos mil y una vueltas por la ciudad, perdernos buscando el barrio Art Nouveau y encontrar uno con encanto soviético, encontrar el barrio en cuestión y “knock on heavens door”. Cada edificio tiene algo que contar, pasear por Riga contemplando sus edificios es como pasarse horas y horas buscando la ranita sobre la calavera de la universidad de Salamanca. Nos aprovisionamos de cerveza barata (Riga es bastante más caro que Kaunas) y vamos al parque a beber. Es ilegal, pero el alemán propone meter las cervezas en las bolsas. No se da cuenta de que cuando las escondes es aún más evidente que estás bebiendo alcohol. Volvemos al hostal y conocemos a un australiano que se ha tomado un año para salir de su isla y conocer el resto del mundo. Tiene el mismo acento que Claire la de Lost y cogió el vuelo Oceanic 815 para ir a nosédónde, como los de Lost. Abro una Carlsberg, veámos cómo se torna la noche.

13.23. Tren a Slokas, dirección al mar. Me temo que volveremos a vérnoslas con el báltico, que no es un mar de verdad. Anoche nos echaron del pub irlandés, donde Nahuel se dormía, estuvimos vislumbrando la fauna letona y por un momento volvimos a estar en pleno Sol en Madrid, obras incluidas. Bailes letones y mercadillos con productos típicos en la plaza principal. Hacinamiento en el tren y el ambiente viciado a algo que huele a pesadumbre y cansancio también. El tren fue seguramente construido a mitad de los setenta, principios de los ochenta como mucho. Preguntamos y nadie quiere decirnos si nos hemos pasado o no nuestra parada, Majori, pero unos minutos más tarde un alto edificio de tejados azules (verdes) nos da la bienvenida a otro atractivo turístico más, parecido a Nida, con sus casas con jardín, y sus habitantes de pega, que no son habitantes de verdad porque seguramente utilizan el pueblo nada más que como retiro de domingo. Reencuentro con el mar y abrazamos la pereza en la arena, nos quedamos dormidos. El tren de vuelta parece ir más rápido, hacemos una fugaz visita por lo que “nos falta ver” en la ciudad y volvemos al hostal. Llevamos sin saber nada del segundo alemán en todo el día, aparece cincuenta minutos antes de la partida de nuestro autobús. Los germanos se quedan.

22.37. Llevamos media hora en un autobús rodeados de polacos. Un tufillo a tabaco llega hasta la nariz del conductor, de repente, para el autobús en medio de la niebla de las carreteras letonas. Abre la puerta del cuarto de baño, y parece que saca al fumador en cuestión como el maestro que se lleva a un chiquillo de la oreja. Después de una imponente retahila en letón o polaco o lituano el chaval suelta cincuenta euros, el conductor vuelve a su asiento farfullando algo y alguien nos hace de traductor. Dice que si pilla a alguien más fumando lo saca del autobús. Nos imaginamos la situación: solos a las once de la noche en plena tundra letona. El autobusero mete los cincuenta euros en una caja, pero saca veinticinco y se los devuelve al chaval. Vuelve a su asiento, volvemos a volver a Kaunas. El francés se puso a ver Little Miss Sunshine en inglés con subtítulos en francés. Yo me dispongo a matar esta verborrea mental del viaje relámpago a Riga. Mundo ha estado a punto de perder la vida varias veces. Aún sin poder respirar su sal, el Báltico nos ha envuelto en una ciudad simple e imponente a su vez. Con una belleza fácil de encontrar, pero difícil de deshacerse de ella. Una ciudad en la que ir con la cabeza bien alta y la mirada siempre apuntando al norte para no perderse detalle de todo lo que esconden las fachadas de los edificios y el otoño amarillento, pero alternando con la cabeza gacha, para no descuidar el constante empedrado rojo y gris.

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