Sovietismo en vena

Esta mañana después de atender las clases de inglés en las que nos han enseñado que después de decir “nice to meet you” hay que decir “nice to meet you too”, hemos ido a la que pensábamos que sería nuestra redentora lituana, Jurgita, nuestro único contacto con el báltico antes de llegar aquí. Hemos descubierto que no es tan maja como parecía en los emails, y que ni siquiera es una señorona oronda con mofletes rojísimos, sino que más bien es una chica joven un poco rancia, aunque ya podría aprender la ORI (maldita la ori en la que te conocí) de su eficiencia. Después, una de nuestras compañeras polacas, en la que bien se podría inspirar Isabel Coixet para uno de sus personajes, aceptó nuestra invitación de venir a comer con nosotros. Ella decidía el lugar, porque al parecer conocía algo más barato para comer bien y cerca.

Nos guió hacia un edificio antiguo, al comienzo de la calle principal, que contrasta con el resto de tiendas y terrazas que lo siguen. Se respiraba un ambiente lúgubre, entre el beis y el gris, y el supuesto restaurante se encontraba en el piso de arriba, al que conducían unas escaleras por las que descendía el olor a comida recién hecha, una tanto nauseabundo, para qué engañarnos. Mientras, nuestra amiga polaca exhalaba un suspiro de complacencia por la comida que le servirían.

Estaba en penumbra, una fregadera nos daba la bienvenida a la entrada y en el interior, cuatro mesas mal puestas al lado de una especie de bufé libre. Sonaba música de acordeón de fondo, y una fila de unas diez personas, todas lánguidas, esperaban a que una enorme señora con un gorro grasiento y la cara colorada les serviese cucharones de algo que parecía sopa con una generosa capa de aceite en la superficie. Las paredes mohosas, las cazuelas viejas y oxidadas y sucias de goterones de caldo reseco y las enormes fuentes llenas de col y patata nos llevaron a pensar que aquello era una casa de la beneficencia. Puede una reliquia aún en pie de la era soviética. Y nosotros y todo nuestro pijismo occidental salimos espantados de ese lugar, en el que la cuenta, suponemos, debería pedirse cartilla de racionamiento en mano.

Ahora nos sentimos las peores personas del mundo.

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