Como ya había intuido el sábado de madrugada, la mañana del domingo amaneció radiante. El egoísta del sol no quiso compartir el cielo con las nubes. La temperatura era ideal, y además corría una liegra brisa en forma de anuncio, para atraer la muchedumbre a la playa siguendo el rastro de su aroma a sal. Y yo me morí. Minutos antes, estaba pensando en lo acertado de mi pronóstico, porque sentía cómo los rayos de luz se colaban por la persiana para imprimirse en mi cara, aunque horas después pensé que bien podía haber sido esa luz del túnel del que hablan en las películas. La experiencia fue placentera; había dormido realmente bien aquella noche y estaba descansado para el resto de la eternidad; peor habría sido que me atecase la dichosa tortículis, si ya me quejo cuando me dura un par de días…Resulta que en mi casa no se lo tomaron tan bien, se ve que les estropeé los planes. Y es que los niños llevaban ya varios días recluídos por culpa del mal tiempo, y estaban armando jaleo con las palas, los cubos, los rastrillos y los trastos de la playa desde tempranas horas de la mañana. Mi mujer estrenaba bikini ese día, y llevaba ya un buen rato mirándose en el espejo y la abuela tenía ya el almuerzo metido en tupperwares que después nunca saldrían de la cocina, al igual que el bikini no se adentró en el agua fría, ni los cubos, palas y rastrillos se llenaron de arena aquel día. Y todo por mi culpa, todo porque  de repente reinó un silencio ensordecedor, quebrantado a veces por los intermitentes sollozos.

Horas, o días más tarde, minutos antes de que se comenzara a oficiar la misa de un funeral que nunca quise que me hicieran, escuché a mis compañeros  de trabajo hablar a pocos metros del coche fúnebre acerca de la mala hora en la que se me ocurrió morirme. Lo cierto es que tenían sus razones, ya que aquel domingo por la noche yo era el encargado de preparar la cena que tanto tiempo llevábamos organizando. Al fin y al cabo, algún día se tenían que quitar el cartel de hipócritas y decir delante de mí lo que realmente piensan. Aunque después se llevaron las manos a la cara imitando un gesto de dolor mientras el cura, también hipócrita, hablaba sobre mi vida como -según sus palabras- buen cristiano. Acompañaron este horrible feretro hasta el cementerio, y allí secaron las lágrimas de mi mujer y mis hijos, y sonrieron compasivos hacia ellos.

Ahora me alegro de haber elegido aquel radiante domingo para morirme. En la playa no habría ni un hueco para plantar la toalla y habría sido un día estresante. Además, con tanta falsedad entre mis compañeros la cena se le habría atragantado a cualquier otro, y ahora sería él quien estaría criticándome desde este lugar desde el que ya nadie más me podrá ver.

15/07/07

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2 Responses to

  1. lalalá... dice:

    me gusta
    pero me recuerda un poco a un cuento de “si te comes un limón sin hacer muecas” no?

    no es igual ni mucho menos pero… me ha venido a la cabeza

    besetee

  2. Hola!
    Sólo quería desearte un muy-muy feliz cumpleaños =)

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