Hermeticidad

Marzo 21, 2008

Sufría el síndrome de diógenes desde los cuatro años, aunque realmente no lo supo hasta que una noche el suelo bajo su cama, convertido en el vertedero de sus vivencias, explotó. O más bien, hasta que un día leyó el nombre de la enfermedad en un periódico. “Diógenes”. Desde la prmera vez que puso sus pies firmes sobre el suelo, habituaba a andar con la cabeza gacha y la mirada fija en las baldosas, husmeando, como si su único propósito fuera encontrar algo que después, casi involuntariamente, se convertiría en reliquia. Sus bolsillos sufrían las consecuencias o en su defecto, sus oídos cuando su madre entaba en su habitación dispuesta a poner orden y se encontraba con cualquiero otro trasto vacío de significado para ella, pero con un nombre o un recuerdo grabado en él a los ojos de la niña. Su afición se convertiría enfermiza, le solían decir.

Su manía iba más allá del mero coleccionismo obsesivo. Aprendió a olvidarse del tortuoso secundero y adquirió la capacidad de mantener durante horas sus pensamientos inmiscuídos en aquel amasijo de pepelujos revueltos con la tinta a punto de apagarse. Borró el presente de su calendario y la historia de los libros; su historia estaba incrita en aquel montón de lo que otros habrían llamado basura.

Médicos y especialistas se acercaron a su habitación a estudiar su caso, el de la niña que comía de los restos de su infancia y dormía plácidamente acurrucada en las montañas de viejos cacharros.

- Prendamos fuego a la habitación – dijeron – será la única solución

A sus treinta años vio cómo sus vivencias se transformaban en llamas azuladas y cenizas. Guardó el humo en una botella de cristal y se mudó. Tras veintiséis años preguntándose cómo poner orden a su pequeño pero entrañable caos, consiguió encerrar toda su existencia en aquella jaula de vidrio.